Dentro del proyecto expositivo que con el título genérico de La Obra de Paso viene realizando el museo, con el objeto de estudiar, documentar y mostrar al público obras del pintor poco conocidas, o desconocidas incluso, pertenecientes a diferentes colecciones públicas o privadas, presentamos ahora Encuentro.
Esta obra es fundamental dentro de la trayectoria de Evaristo Valle, quien la fecha en 1930 y entronca con la temática de los idilios que iniciaría el pintor en la segunda década del pasado siglo. A partir de 1930 y por razones que se desconocen, la actual pintura está superpuesta sobre una espléndida carnavalada, ampliamente difundida en importantes publicaciones de la época y cuyo material gráfico se conserva en el archivo del museo. Material que ha permitido estudiar en profundidad los dos estados del cuadro y su proceso (que se muestran también junto al cuadro) transformando una carnavalada situada en Cimadevilla en un idílico encuentro en un ambiente más rural.
La obra sería expuesta en Madrid en 1944 y posteriormente en Avilés en 1945, donde es descubierta por el prestigioso profesor Enrique Lafuente Ferrari, revelándole la verdadera dimensión de la pintura de Evaristo Valle y motivándole a realizar lo que sería la primera biografía del pintor. La obra sería incluida como colofón de un artículo necrológico que Lafuente Ferrari publicó en 1951 en la revista Clavileño.
Encuentro será presentado por Francisco Zapico, crítico de arte, experto en Evaristo Valle y autor del texto que acompaña la pintura, que estará expuesta en el Museo hasta el próximo 18 de diciembre.
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Reino del azar y del error, llama Schopenhauer a la vida. La lúcida trayectoria plástica y literaria de Evaristo Valle confirma que su pensamiento nunca anduvo lejos de tan sombría y veraz conjetura, y también que, en ese reino azaroso y erróneo, encontró eficaces bálsamos en el amor y en el humor.
Precisamente, la tela que nos ocupa: Encuentro, pertenece a una serie de piezas que se diría consagradas a buscarle figura al amor y a otras soledades. Tal serie apareció pronto en la pintura de Valle y ya estaba canónicamente formalizada hace ahora casi cien años, en la segunda década del pasado siglo, cuando Evaristo, sin dejar del todo los pinceles, se aferraba a la escritura para olvidar sus particulares y profundas desventuras.
Podríamos encuadrar bajo una etiqueta: «idilios», las abundantes obras que responden a dicha pauta poética y escénica, que empezó como un juego lírico entre una única y rústica pareja y un escenario escueto y potente. Poco a poco, Valle fue enriqueciendo la vieja estructura, y en sus postreras manifestaciones logró encerrar en ella, con exquisita naturalidad y total precisión, innúmeras sensaciones, sentimientos, símbolos, paisajes y hasta breves historias.
En arte, la gracia es tan difícil de descubrir como la aguja en el pajar. Y, justamente, para Evaristo Valle la vivacidad formal fue siempre un aliciente, una provocativa forma de síntesis. Por otro lado, es muy frecuente que tras la más milagrosa simplicidad, tras la más chispeante espontaneidad, se escondan los más intrincados ejercicios de ajuste. Tal fue el caso de nuestro pintor, que aceptó los desafíos de la perfección expresiva y de la agudeza poética, para ello no dudó en modificar, incansable y asiduamente, muchas de sus piezas. No siempre empleó idéntica receta correctiva: en algunas ocasiones el proceso consistía en un repinte profundo pero parcial y gradual; en otras la nueva escena afectaba a toda la precedente de manera radical e incluso cruenta; aunque, por lo general, sólo practicó leves retoques o añadió unos pocos y mínimos detalles.
En lo que respecta a la pintura que nos ocupa, Valle llegó hasta la actual apariencia a la manera de un consumado orfebre. Engastó dos cuadros, como quien une la piedra preciosa al metal noble: una carnavalada, pintada antes de 1929, y un idilio, que ejecutó sobre la parte inferior de la misma avanzado el año 1930. La perfecta factura difumina la dualidad y levanta ante nosotros una escena silente, conmovedora, que parece rendida al daimon de la melancolía.
A partir de antiguas fotografías e imágenes de hemeroteca es factible evidenciar el entramado que sostiene la magistral tela que hoy podemos contemplar. Una porción del celaje, algo del perfil de la crestería montañosa y casi todo el caserío del pueblo, incluyendo la destacada pregnancia de la torre de la iglesia, ya figuraban en la carnavalada original. Mientras que el dócil rocín, su altivo pero zafio jinete, la dulce muchacha vestida en rosas, los invasivos y plurales verdores de la hierba, las recias murias rocosas, la tosca construcción que ocupa el flanco derecho de la escena, la calleja de barro y piedras son de nueva factura, recubren y aprovechan las figuras de los antroxos, cambios a los que hay que sumar una sutil y nueva definición atmosférica, que contribuye a crear ese misterio de humedad y luz que lo envuelve todo.
Además de referir esos vaivenes configurativos es justo mencionar una invisible particularidad que, como una estrella, corona titilante el cuadro: la fervorosa amistad. En 1945, vigentes las duras circunstancias de la posguerra española, la pintura Encuentro, que participaba en una exposición en Avilés, entrelazaba las vidas de Evaristo Valle y de Enrique Lafuente Ferrari. Así lo manifiesta el profesor en la página trescientos cinco del admirable libro que dedicó al pintor. Seis años más tarde, muy poco tiempo después de la muerte de Valle, la imagen de Encuentro cerraba las palabras de un espléndido artículo, con sabor a lágrimas, que Lafuente publicó como homenaje y recuerdo a la obra y a la vida de su amigo, en el número siete de la revista bimestral Clavileño, correspondiente a los meses de enero y febrero del año 1951.
Francisco Zapico
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