Dentro del proyecto expositivo que con el título genérico de La obra de paso, periódicamente viene realizando el Museo Evaristo Valle con el objetivo de estudiar y mostrar al público obras del pintor poco conocidas, o desconocidas incluso, pertenecientes a diferentes colecciones, el próximo jueves 19 de noviembre, a las 12.00 h, la historiadora del arte y autora de la tesis “El pintor Evaristo Valle (1873 – 1951). Vida y obra” Gretel Piquer Viniegra presentará la obra Del mercado.
Se trata de una emblemática pinturano expuesta al público anteriormente y de la que tenemos referencias a través de una fotografía de Francisco Pérez Cisneros, cónsul de Cuba en Gijón, que fue mostrada en la sede del Real Club de Regatas en la calle Corrida en el año 1921. Esta temática, ya utilizada por Valle por primera vez quince años atrás, volvería a aparecer en su obra en numerosos lienzos entre 1918 y 1948.
Una mujer a lomos de un caballo y un hombre a pie avanzan por un camino, protegidos de la lluvia con sendos paraguas. Sentada sobre el gran bulto ocre que porta su montura, la campesina viste falda rosa y dengue rojizo. El aldeano, con sombrero y blusón azul de trabajo, lleva asimismo un pequeño paquete bajo el brazo. Las patas del animal se reflejan en el suelo gris violáceo, empapado por el aguacero que difumina el paisaje del fondo, sobre el que se destaca el verde esmeralda de los prados. En segundo término a la izquierda, una quintana con su hórreo, hacia la que parecen dirigirse los personajes.
A finales del mes de octubre de 1921, en el salón-bar de la sede del Real Club de Regatas en la calle Corrida, se exhibieron una serie de reproducciones fotográficas de los cuadros que Valle había realizado a lo largo de ese último año, entre ellos Del mercado. Las fotografías eran obra del amateur Francisco Pérez Cisneros, cónsul de Cuba en Gijón y también pintor, y se habían hecho para ilustrar Vida y arte de Evaristo Valle, un estudio encargado al crítico José Francés por una casa editorial barcelonesa que no llegaría a ver la luz.
Todos los lienzos reproducidos por Pérez Cisneros respondían a un nuevo objetivo que el artista se había marcado hacia finales de 1919, si bien a principios del mismo año no había dudado en expresar su preferencia por sus paisajes más recientes: composiciones de horizonte muy alto que acogían una nutrida representación de elementos característicos del campo asturiano. Estos estaban inspirados por las teorías regeneracionistas de José Ortega y Gasset según las cuales la “región natural” afirmaba “su calidad real de una manera muy sencilla: metiéndosenos por los ojos. [...] sólo es región, sólo es unidad geográfica real aquella parte del planeta cuyos caracteres típicos pueden hallarse presentes en una sola visión”.
No obstante, meses después Valle ya buscaba una “totalidad de la visión” diferente: “que las figuras, las cosas y los colores están donde deben estar y que no ofendan a la vista; porque lo demás, aunque es mucho, en horas afortunadas nace espontáneamente [...].” Son evidentes las semejanzas entre esta “totalidad de la visión” que perseguía Evaristo y los presupuestos del paisaje post-expresionista del momento, en el que “las partes se retiran tímidamente para hacer posible una amplia mirada de conjunto”. No en vano, la búsqueda de Valle coincidió con el giro que, hacia 1920, el crítico alemán Franz Roh detectó en la trayectoria de muchos artistas europeos y que supuso la aparición del post-expresionismo: un realismo idealista que gustaba de representar temas contemporáneos y mundanos. A finales de la década de 1920, el concepto del “realismo mágico” fue plenamente asumido por la crítica asturiana en relación a la “visión total” de Valle, cuando el proceso de maduración de su arte había alcanzado un punto álgido, convertido en la sublimación pictórica de la región.
El tema de la pequeña comitiva que va o viene del mercado o de sus faenas campesinas, a pie o a lomos de cabalgaduras, había sido formulado por primera vez por el pintor quince años atrás. En el verano de 1906, en su estudio podía contemplarse un paisaje asturiano “exuberante, rico, espléndido de luz y de colores. (…) Un valle estrecho, uno de esos valles angostos de la tierra asturiana, pintorescos, varios, rumorosos, tranquilos. Al fondo, una pequeña cordillera recortando el cielo, a trechos límpido, nuboso a trechos. En la falda el azul vivo de su río que corre lento, aprisionado entre lenguas de tierra verde. En primer término la carretera, un recodo del camino en un altozano, que amarillea a los últimos rayos de sol. Un cura va cabalgando en un caballejo rucio que camina tardo, baja la cabeza, suelto el ronzal… A la derecha del cura marcha á pie una aldeana, una lavandera del país, que lleva sobre la cabeza un fardo de ropa. (…) Allá en la cumbre advertís sobre el sembrado verde la última caricia de luz dorada.”
El motivo volvería a aparecer en la obra del artista en numerosos lienzos entre 1918 y 1948. En ellos, son constantes la plasmación de una atmósfera húmeda y el contraste entre las tonalidades verdes del paisaje y los malvas y grises del cielo y el camino. Asimismo, los personajes se desplazan siempre de derecha a izquierda, lo que convencionalmente se entiende como un interés del autor en las vivencias del pasado.
Gretel Piquer Viniegra
Gijón, noviembre de 2015
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