El 10 de junio se cumplen quince años desde que nos dejó el escultor asturiano Amador (1926-2001). La pequeña y compacta muestra que sobre él presenta la Fundación Museo Evaristo Valle se inserta entre los actos organizados con motivo del Día Internacional de los Museos, pero no es meramente subsidiaria de esa festiva y necesaria jornada. También rinde justa memoria a tan extraordinario creador y ofrece la posibilidad de acercarse a cinco de sus espléndidas piezas, por lo demás, expositivamente, muy infrecuentes.
De las obras elegidas, las dos esculturas, que forman parte de una serie algo más amplia, pertenecen a la colección del propio Museo Evaristo Valle, después de sendas donaciones de particulares, y constituyen junto con la póstuma: Monumento a las Brigadas Internacionales, las últimas formas definitivas que el magistral Amador incorporó a su estricto y conciso mundo tridimensional. El collage, la serigrafía y el dibujo que completan el conjunto, que han sido cedidos para la ocasión por el Museo Casa Natal de Jovellanos, comparten con las anteriores similar impulso armónico, semejante principio praxiológico e idéntico fundamento constructivo.
Entre otras, Amador albergaba la firme idea de que la escultura tenía que ser algo no menos real que el resto de los fenómenos del universo o que cualquiera de las cosas que ocupan el mundo, y no solo algo decorativo o vanidoso o precioso. También defendía, con pareja fijeza, algunos principios muy generales. Interesa destacar aquí dos de ellos: que sus obras cumplieran la condición de que cualquier persona interesada pudiera entender bien cómo se habían hecho, construido y pensado; y que esclarecidos los argumentos generadores de la estatua, todo espectador se sintiera capaz de imaginar cómo se podrían pensar, construir y hacer otras muchas más.
Las líneas que siguen tratan de hacer explicitas, ciñéndose a las obras que se presentan, esas y otras admirables convicciones y logros que animaron y afloraron siempre del trabajo de nuestro genial autor.
Antes de sumergirnos en lo concreto, hay que decir que Amador era muy exigente, le interesaba la perfección conceptual y formal de cada obra, no tanto la complejidad ni la originalidad de la idea que la sostenía, por eso fue un artista tan grande, porque dominaba “el principio de la santa simplicidad”.
Amador siempre aplicó la geometría euclidiana a su elegante y límpido estilo estatuario. Seguramente porque es una generosa y universal forma de abundancia, y también porque es abarcable e intuitiva, al menos en sus principios básicos.
Como se desprende de la serigrafía titulada: Hacia la escultura, fechada en 1970, Amador (que había iniciado tiempo atrás el camino hacia la esencialidad desde la figura menos manipulable y más perfecta: la esfera, para lo cual había procedido a la manera oteiciana, es decir, mediante el disco o círculo con grosor, en una indagatoria que llamó: “Escultura redonda”) estaba enfrascado entonces en el asalto escultórico a otra figura difícil: el cubo. Como su experiencia le dictaba, partió del cuadrado, polígono ideal que puede considerarse sección del ortoedro o cuboide y que físicamente se presenta como lámina o rebanada. El grafito Sin título, de 1980 y el collage, también Sin título, realizado en 1990, ilustran, de modo obvio, su método. Incluso puede decirse que son una transcripción, una bellísima transcripción, del mismo. Como puede apreciarse en esas piezas, su personal imaginación le llevó a dividir en cuatro partes cada lado del cuadrado y a unir luego mediante líneas, alternativamente, la primera división de un lado con la segunda de su opuesto. La figura inicial quedaba así descompuesta en cuatro trapecios de distinto tamaño, cada uno de ellos con dos ángulos rectos.
Para llegar desde el plano hasta el espacio repitió el proceso descrito cuatro veces, y con los fragmentos resultantes reconstruyó las paredes de un cubo. La habilidad y la imaginación sensual que requieren tales operaciones son notorias, y demuestran el grado de conocimiento y de perfección que alcanzó Amador en su enfrentamiento con la estatua.
Además de en los indicados más arriba, estas dos esculturas participan de otros muchos rasgos normativos, no menos importantes y recurrentes en la obra de Amador. Algunos de ellos serían: la conservación de toda la materia empleada, nada sobra ni nada falta; la inexistencia de una posición apreciativa de privilegio, no hay pies o cabeza o lateralidad; y el espacio se convierte en un elemento tan maleable y ponderable como la masa, el peso o el volumen.
Es habitual asimilar estos “Cubos abiertos” con las “Cajas metafísicas” del gran escultor vasco Jorge Oteiza (Orio, Guipúzcoa, 21 de octubre de 1908 – San Sebastián, Guipúzcoa, 9 de abril de 2003). Efectivamente puede aceptarse que tienen puntos en común, aunque asumen su forma de manera bien distinta y, por tanto (la forma es fondo subido a flote) significan en cada caso cosas diversas.
Sin pretender profundizar ahora en su grave contenido, cabe afirmar que las piezas de Amador son hijas de la gracia y de la habilidad, y como fruto de ellas son fuentes de alegría y de felicidad. Son pues algo que sobreviene sin haber sido convocado y que confiere, brevemente, por encima del caos, un sentido a nuestro mundo, abriéndonos una parcela en la que nos encontramos, al menos por un momento, liberados, salvados o cobijados como en el interior de un mullido nido.
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