Contemplar los cuadros de José Luís Valenciano-Plaza en los que no hay nada frívolo ni superficial, en los que todo es plasmación pictórica de ese nervio vivo y genuino del alma de Castilla que reverbera y atraviesa la perspectiva, y que, escapándose a borbotones del lienzo, impregna su pintura de una vida desbordante que le insufla luz y color.
Contemplar sus paisajes restallantes de esa fuerza telúrica que nos ata para siempre a la madre tierra, hecha de surco y de besana, que nos enlaza a la abigarrada y multiforme realidad que nos envuelve por doquier y nos sugiere sueños y ensueños, formas y fantasmas, limites y proyectos luminosos, a través de una paleta que cada vez es más goyesca y atrevida, proteica y multiforme, cada vez más expresionista e interior.
Contemplar la fértil plenitud de este gran pintor conquense, en la cúspide creadora y sintetizadora de su carrera artística, que sabe expresar en texturas gruesas y bien trabajadas, cuajadas de dureza y de ternura, de sequedad y hondura, de fulgores de sol y de estremecimiento de barbecheras, de lindes de piedra iluminada, de pardos tejados soñolientos, de árboles, como manos, que imploran con sus dedos descamados la lluvia bajo un sol inmisericorde...
Contemplar sus inquietantes claridades, el cromatismo casi impresionista de sus horizontes, la serena y armónica seriedad de sus rostros, la belleza, lejana, meditativa expresión melancólica de las miradas de sus personajes, el estudio primoroso de los detalles y vestidos... Contemplar con deleite todo este mundo creado por Valenciano-Plaza CAPTAR EN TODA SU GRANDEZA Y SENCILLEZ EL LATIR ESENCIAL DEL ESPÍRITU CASTELLANO, aquel que se acuna en recoletos vallejos en donde se duerme el tiempo, en serrezuelas y lomillas vestidas de morados y amarillos, en sinuosos y polvorientos caminos que desembocan inexorablemente en el seno blancuzco del caserío arracimado y vigilante.
Contemplar con fruición todo el panorama pictórico de Valenciano -Plaza, ES INTUIR SIN ESFUERZO LA AUTENTICA “INTRAHISTORIA” DE NUESTRA TIERRA, arisca y entregada, fría y cálida a la vez, egoísta y generosa, escéptica y vital, contradictoria, en definitiva, forjada no con falsas teatralidades, carnavalescas y vanas, con huera palabrería sin sentido, sino construida con la materia de los hechos, de los pensamientos y sentimientos verdaderos, sinceros, sin doblez, solidarios, aquellos que, a través de la historia, han hecho que en Castilla sepamos mirar hacia arriba, pero sin olvidar las raíces de las que nos nutrimos, sin olvidar las ocres sementeras que con tanto amor y pasión plasma José Luís Valenciano Plaza.
Contemplar, pues, la magnífica exposición que presentamos, rica en cromatismo y calidades, espléndida en matices, turgencias y tonalidades, producto de una fértil síntesis de formas, colores, recuerdos y vivencias, que muestran junto a una faceta real otra irreal, junto a una cara tangible, otra etérea, abstracta, casi onírica y surrealista, en la que lo anecdótico se ha transformado en categoría universal, es comprender en toda su intensidad las palabras de Manuel Alvar, cuando afirma:
“Castilla es valor, es sobriedad, es aceptación realista a la vez que liberación metafísica. Es virilidad, pobreza con limpieza, poesía sin artificio, justicia no exenta de piedad, de heroicidad castellana...”
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