Miguel Galano. Foto 1
 
Miguel Galano
Clausurada el 25 de Junio
Galería Cornión
web: www.cornion.com

Estoy oyendo el rumor del viento entre los árboles. He venido esta noche hasta aquí a sentir cómo se ciernen las luces húmedas y airosas de este día de finales de abril. He venido para respirar, aspirar el aire y vaciar los bolsillos de la calderilla sentimental, opresiva y hermosa que han dejado en mí las notas de la Waldstein y la improvisación sobre el “Veni Creator”, en la interpretación de Giampaolo di Rosa en el órgano de la catedral. Para desenredar los entresijos del alma con el masaje del silencio.

A la salida del concierto habían quedado suspendidos los sonidos por el trascoro y en los huecos de las ojivas, encaramados en los altos capiteles. Las luces de las vidrieras se negaban a amortiguarse tras la caída del sol: estaban tiñendo de índigo y caprichos naranjas la bóveda del crepúsculo.

He caminado deprisa y al rato estaba en las últimas casas y en la jardinería dislocada de prados, solares y huertos. Regresaban algunos ciclistas y tuve que apartarme en un par de ocasiones en el camino angosto ante corredores desmadejados; al estar a su altura sentí el calor pegajoso de su sudor. Tomé una senda de cemento que luego era terriza y se estrechaba hasta acabar en unos matorrales, una vía abandonada y absurda. Apenas podía ver. Un poco más allá se deslizaban faros de automóviles. Volví sobre mis pasos hasta el tilo que me había marcado el desvío. Entre sus ramas, una farola proyectaba una luz débil que dibujaba siluetas de hojas en el suelo. Recordé el cuadro de Alex Katz que Mar y yo habíamos visto en febrero en el Museo de Arte Moderno de Múnich. Miré unos instantes aquel baile de sombras entrelazándose. Crucé la autopista y tomando el camino oscuro a la derecha desde la última casa de la urbanización, llegué al río.

Ya era noche cerrada. Tanteé entre unos matorrales y me acerqué hasta los árboles que delimitaban la orilla. Rilke escribe en su Elegía I: “Y la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico muerde nuestro rostro…”. Habla el poeta de la pureza de esas sensaciones sin que los ojos se posen en las cosas y del mensaje de éstas que nos llega en forma de viento. Escuché el rumor del agua que era un gran árbol más, tendido, de una negrura metálica.

“Se oye, no se busca”, decía Nietzsche. Pero el silencio comenzó a oprimirme y sentí miedo. Desanduve aquella espesura con cuidado; algunas zarzas me mordían como perros rabiosos y comencé a respirar entrecortado. Ya no pude ver los contornos de un par de casas abandonadas que recordaba desde que por allí pasara el canal que nos servía de guía en algunas escapadas de la infancia, cuando íbamos del barrio a las lomas de La Candamia. Una de ellas es como esas casas que podría pintar Miguel Galano. Esas que él ve y anota, o fotografía, o recuerda.

Este viaje a deshora e imprudente, hacia la oscuridad, los árboles y el río, tiene que ver con su pintura; quería entrar en su atmósfera, sentir su aire con mis ojos. No he acompañado nunca a Miguel en una caminata en pos del motivo, en la búsqueda de temas para sus cuadros –el camino al verdadero valor de toda obra, dice Rilke, pasa por la soledad–, aunque hemos estado, al acabar su trabajo, de taberna en taberna, o en la habitación grande de su estudio. Pero sé que él indaga y rebusca en los pastizales, las frondas, las nubes, los muros de un cementerio, y se detiene a escucharlos. Persigue averiguar su funcionamiento interno, su mecanismo de relojería; y esas cadencias, como notas de su amado Satie, son atrapadas por su metrónomo pictórico. Y quedan ligeras y acaso desesperanzadas en el lienzo. Ha tomado un trozo de naturaleza, lo ha desnudado de apariencias y ahí nos lo entrega: suspendido para siempre en el tiempo. Se podría decir que lo hace –y ésta es una de aquellas indicaciones o anotaciones extrañas de Satie en sus partituras– “con un profundo olvido del presente”.

Porque en los cuadros de Galano hay una transcripción fiel –y musical– de sus íntimas impresiones de la naturaleza. Una naturaleza que ha escuchado y a la que obedece con fidelidad, como siervo humilde que es, del sentimiento pictórico. Así ha descrito siempre Ramón Gaya a los auténticos creadores. Por eso en los cuadros de Galano está el poso, el tuétano de toda la Pintura.
Sin embargo, algunas veces pensé –y podía intuirse en aquella primera crónica que escribí sobre una exposición suya hace muchos años– que había en él cierta irreverencia o atrevimiento. Recuerdo aquellos cuadros oscuros y “suprematistas” sobre el mar.

Tuve que esperar a su exposición en la Galería Vértice en el año 2011, sobre Cartagena de Indias, y ver que esa es su manera de acercarse al mar, de interrogarlo. A esas islas y árboles luminosos que Galano vira hacia el negro. Como decía Cézanne, “la sensación óptica se produce en nuestro órgano visual… la luz no existe para el pintor”.

Yo viajé allí, y así son los manglares y las luces negras y la bruma entre las palmeras. Corot se levantaba al alba para estudiar los campos, pues “el sol lo apaga todo”. También andaba yo equivocado en aquella época, cuando pensaba en algunos pintores franceses para tratar de entender los cuadros y marinas de Galano. Aunque advertía diferencias. Puede que sea cuestión de herencia. El padre de Monet fabricaba velas para barcos –el mismo pintor adapta un bote que le sirve de estudio, y así lo pinta Manet en 1874 en ese cuadro que hoy está en la Neue Pinakothek–. El de Pisarro también vendía aparejos para embarcaciones. A Braque le regala su padre un barquito de vela cuando se trasladan a El Havre…

Galano ve el mar desde la casa familiar en Tapia de Casariego. Pero pinta ese mar sin meterse en el agua, alejado de las distracciones, sin dejarse llevar por la corriente del bullicio, los bañistas, la luz excesiva del sol, el cabrilleo acuático. Se resguarda de los deslumbres y entorna los ojos. Vuelve por la noche, cuando es difícil ver la línea de la costa o hasta dónde llega el agua. Y pinta cuadros casi monocromos de azules oscurísimos en los que puede adivinarse una barcaza solitaria. O unas luces al otro lado.

Prefiere los árboles de la orilla del río o los parques ya sin gente. Puede que yo pensara en esos instantes de luces a medias, en esas luces exangües, cuando escribí este haiku:

Sedada luz
al final de la tarde.
Suave silencio.

Galano va al río a horas más razonables que las mías, sin arriesgarse al sobresalto del cárabo, o a la opresión de los tentáculos de las sombras. Se queda en la ribera mirando el agua, sin mojarse los pies. Pinta esos árboles al lado del río, como el Corot de “El puente de Nantes”.
Esos árboles como los de ese parque en Malmoe, que estarán en la exposición de la Galería Cornión. O esos troncos clavados en la nieve del invierno de Népliget, que tenemos en casa.
Y también, con frecuencia, deja esa especie de ascetismo y ama embarullarse y escuchar, en vez de las hojas de las salgueras y el curso leve del río, el rumor de la fronda. Y pinta enormes masas arbóreas, sombrías, con miles de hojas cargadas de gotas de agua. Así aparecieron las maravillas de su serie “Corotiana”. O “Invierno en Assistens Kirkegard”. Y como en el pintor francés –al decir de Élie Faure– la íntima poesía de las cosas penetra en la precisión y en la fuerza de la memoria.

Andrés Trapiello ha escrito que la naturaleza de Miguel Galano es lírica, de lirismo hondo, llena de ensueños apagados y verdaderos. Es muy cierta la cercanía de nuestro pintor a la poesía. Y hermosos sus dibujos y grabados sobre los textos de los amigos poetas. Como este que contemplo ahora en mi biblioteca, sobre un poema de J.M. Bonet. Siempre he estado empeñado en que este heliograbado y punta seca es como un dibujo de Degas. Manías mías, porque Degas pintó bailarinas, coches de caballos y jockeys en las carreras de Longchamp, mujeres mientras se asean o peinan, pero pocos paisajes. Es una manía, y el recuerdo de un pequeño pastel, “Sendero a la entrada de un bosque”.
Esa maestría del dibujo en Degas está en este grabado de Galano. Como escribió Valéry en aquel texto, “Degas Danza Dibujo”, dedicado a la condesa de Béhague:

“No sé de arte alguno que pueda comprometer más inteligencia que el dibujo. Ya sea que intente extraer de ese complejo que es la mirada el hallazgo de un trazo, resumir una estructura, no ceder a la mano, y leer y pronunciar una forma en sí misma antes de escribirla; o bien que la invención domine sobre lo momentáneo, que la idea se haga obedecer, se precise y enriquezca con aquello en que se convierte al pasar al papel, ante la vista, en cualquier caso todos los dones del espíritu hallan empleo en ese trabajo en que también se manifiestan con fuerza no menor todos los rasgos de carácter de la persona cuando los tiene”.

Ahí ha estado siempre Miguel Galano, escudriñando la Pintura y el Dibujo, ensimismado y con ojos entornados –como en sus autorretratos–, pendiente de las brumas del Norte y golfos de agua en sombra, de los azules encharcados, de las hojas de un álamo que juega, de unos tejados cerca del Museo de Bellas Artes, de las vértebras ocultas de un tiempo melancólico… Un amante de la tradición que siempre lo ha tenido prisionero, que le bulle dentro. Arrancando pedazos del mundo exterior para transformarlos –la Verwandlung de Rilke– en sustento del espíritu. Deteniendo el viento y el paso de las horas, creando esa atmósfera tibia y de consuelo, amniótica. Cambiando el mundo para nuestros ojos.

Avelino Fierro


Miguel Galano. Foto 2
 
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